viernes, 14 de marzo de 2008
sábado, 8 de marzo de 2008
Para Elisa.
Con manos temblorosas abrió la cajita musical que descansaba sobre la almohada y una diminuta bailarina color rosa nacarado dio unas cuantas volteretas al son de "Para Elisa". Sus ojos perdidos no se inmutaron, miraban hacia adentro, mientras sus párpados se anegaban y rebalsaban sin que su gesto se modificase. Segundos más tarde, la salada llovizna irrumpió en la pista de baile, dibujando hilos mojados al paso de la figura danzante y reflejándose en los espejos interiores de curvos marcos dorados. Era la primera vez que la abría. Se la había regalado Papá esa misma mañana y casi habría sido el momento más feliz de su corta vida. Lo hubiese sido si él no hubiese murmurado en su oído al alejarse Mamá, acariciándole una rodilla mientras sonreía: "Por ser una nena tan buena con Papá". El brillo de sus ojos se opacó de repente, tomando la apariencia de un cristal tras el cual un vapor hirviente estuviese a punto de resquebrajarlo. Odió su sonrisa y quiso poder arrancársela de la cara por haber arruinado aquel pedacito de felicidad; y ese mediodía mientras masticaba despacio los fideos amargos de Mamá, decidió que basta. Con la seriedad habitual que le daba un matiz de gravedad casi adulta a su rostro infantil, clavó sus ojos en los de Papá que miraba televisión distraído. Luego en la triste figura de Mamá que alisaba una servilleta con enferma concentración. Sintió náuseas. Se retiró de la mesa sin excusarse ni alterar en absoluto la ceremonia del almuerzo dominical. Una vez en su habitación observó con desprecio el regalo que tan sólo unas horas antes despertase en su interior un atisbo de alegría. Revolvió presurosa los cajones del escritorio, vigilando de reojo al reloj, ese impasible tirano incapaz de retardar los acontecimientos. Sus manos tropezaron con lo que buscaban, aliviando en parte su ansiedad pero ahondando su malestar. Lo escondió debajo de la almohada y se deslizó entre las sábanas a aguardar la inevitable hora de la siesta. Las sombras en las paredes complotaban en su contra, se arrastraban lentas y silentes al compás del tic-tac del reloj. Cerró los ojos un instante y el vertiginoso incremento de los sonidos la asustó. Volvió a abrirlos sobresaltada al oir el rechinar de sus propios dientes que sin querer apretaba demasiado, y se dispuso a recorrer con la vista el cielorraso intentando pensar en nada. La hora señalada llegó con exagerada prontitud. La anticipó el sonido del motor del auto de Mamá rumbo al Shopping en compañía de la Tía Clarisa que siempre olía a tabaco y mentol. Elisa estrujó el acolchado entre sus deditos al sentir los pasos ahogados de Papá subir las escaleras alfombradas de color caqui. Lo oyó abrir la puerta y cerrarla con cuidado, acercarse a la cama y sentarse en el borde, sacarse con prontitud zapatos y pantalones. Tenía los ojos cerrados y le daba la espalda, pero conocía de memoria el procedimiento, y con cada acto apretaba con más fuerza los puños. Pensó en Papá llevándola de la mano a la plaza, en helados de vainilla con dulce de leche. (Papá a veces la golpeaba). Pensó en las visitas al Circo y en las veces que la llevó a pasear en lancha por el Tigre. (Papá sabía que le dolía). Cuando él retiró las sábanas, arrojándolas al suelo y pegó su cuerpo al de ella, pudo oler el alcohol que había estado bebiendo desde el mediodía. Una mano la tomó de los cabellos obligándola a darse vuelta. (A Papá le gustaba más cuando dolía). Sacó de bajo la almohada la mano cuyo puño apretaba con fuerza el mango de marfil del inútil cortapapeles que le regalara la Abuela en su último cumpleaños. "Es para que no tengas que romper los sobres de las cartas", había explicado con una reluciente sonrisa postiza tras la cual no parecía caber el pensamiento de que Elisa, con diez años recién cumplidos y con un carácter marcadamente antisocial, no recibía cartas de nadie. El escaso sol que se colaba por entre las persianas bajas resplandeció en la hoja de metal segundos antes de que se hundiera en el vientre desnudo de Papá, dibujándole en el rostro una mueca de dolor y desconcierto. Con una visible confusión quiso bajarse de la cama mientras ambas manos aferraban el abdomen teñido de sangre. Al incorporarse sus pies se enredaron entre sábanas, pantalones, acolchados y zapatos. Elisa observaba la escena sentada sobre la cama con gesto impasible. Su padre daba tumbos por la habitación y emitía sonidos incoherentes. Cuando finalmente logró abrir la puerta, arrastrando tras de sí todo el enredo de ropas, se precipitó escaleras abajo sin siquiera poder articular un sólo grito. La niña se asomó desde las alturas y su sombra se proyectó sobre el grotesco ser que yacía al pie del primer escalón en una posición imposible. (Basta). Ahora Papá entendía lo que esa palabra significaba. Sentada en el suelo junto a la cama, la pequeña abrió una vez más la cajita musical. No sabía cuánto tiempo había pasado, sólo que había escuchado Para Elisa millares de veces sin cansarse. Ya no lloraba. En el umbral de la puerta la Abuela la observó con su sonrisa postiza. Desde la nebulosa en que se hallaba inmersa Elisa pensó que quizás fuese la dentadura lo que la obligara a sonreír siempre, puesto que sus ojos reflejaban un triste alivio. La anciana se acercó despacio y la abrazó sin decir una palabra.
Con manos temblorosas abrió la cajita musical que descansaba sobre la almohada y una diminuta bailarina color rosa nacarado dio unas cuantas volteretas al son de "Para Elisa". Sus ojos perdidos no se inmutaron, miraban hacia adentro, mientras sus párpados se anegaban y rebalsaban sin que su gesto se modificase. Segundos más tarde, la salada llovizna irrumpió en la pista de baile, dibujando hilos mojados al paso de la figura danzante y reflejándose en los espejos interiores de curvos marcos dorados. Era la primera vez que la abría. Se la había regalado Papá esa misma mañana y casi habría sido el momento más feliz de su corta vida. Lo hubiese sido si él no hubiese murmurado en su oído al alejarse Mamá, acariciándole una rodilla mientras sonreía: "Por ser una nena tan buena con Papá". El brillo de sus ojos se opacó de repente, tomando la apariencia de un cristal tras el cual un vapor hirviente estuviese a punto de resquebrajarlo. Odió su sonrisa y quiso poder arrancársela de la cara por haber arruinado aquel pedacito de felicidad; y ese mediodía mientras masticaba despacio los fideos amargos de Mamá, decidió que basta. Con la seriedad habitual que le daba un matiz de gravedad casi adulta a su rostro infantil, clavó sus ojos en los de Papá que miraba televisión distraído. Luego en la triste figura de Mamá que alisaba una servilleta con enferma concentración. Sintió náuseas. Se retiró de la mesa sin excusarse ni alterar en absoluto la ceremonia del almuerzo dominical. Una vez en su habitación observó con desprecio el regalo que tan sólo unas horas antes despertase en su interior un atisbo de alegría. Revolvió presurosa los cajones del escritorio, vigilando de reojo al reloj, ese impasible tirano incapaz de retardar los acontecimientos. Sus manos tropezaron con lo que buscaban, aliviando en parte su ansiedad pero ahondando su malestar. Lo escondió debajo de la almohada y se deslizó entre las sábanas a aguardar la inevitable hora de la siesta. Las sombras en las paredes complotaban en su contra, se arrastraban lentas y silentes al compás del tic-tac del reloj. Cerró los ojos un instante y el vertiginoso incremento de los sonidos la asustó. Volvió a abrirlos sobresaltada al oir el rechinar de sus propios dientes que sin querer apretaba demasiado, y se dispuso a recorrer con la vista el cielorraso intentando pensar en nada. La hora señalada llegó con exagerada prontitud. La anticipó el sonido del motor del auto de Mamá rumbo al Shopping en compañía de la Tía Clarisa que siempre olía a tabaco y mentol. Elisa estrujó el acolchado entre sus deditos al sentir los pasos ahogados de Papá subir las escaleras alfombradas de color caqui. Lo oyó abrir la puerta y cerrarla con cuidado, acercarse a la cama y sentarse en el borde, sacarse con prontitud zapatos y pantalones. Tenía los ojos cerrados y le daba la espalda, pero conocía de memoria el procedimiento, y con cada acto apretaba con más fuerza los puños. Pensó en Papá llevándola de la mano a la plaza, en helados de vainilla con dulce de leche. (Papá a veces la golpeaba). Pensó en las visitas al Circo y en las veces que la llevó a pasear en lancha por el Tigre. (Papá sabía que le dolía). Cuando él retiró las sábanas, arrojándolas al suelo y pegó su cuerpo al de ella, pudo oler el alcohol que había estado bebiendo desde el mediodía. Una mano la tomó de los cabellos obligándola a darse vuelta. (A Papá le gustaba más cuando dolía). Sacó de bajo la almohada la mano cuyo puño apretaba con fuerza el mango de marfil del inútil cortapapeles que le regalara la Abuela en su último cumpleaños. "Es para que no tengas que romper los sobres de las cartas", había explicado con una reluciente sonrisa postiza tras la cual no parecía caber el pensamiento de que Elisa, con diez años recién cumplidos y con un carácter marcadamente antisocial, no recibía cartas de nadie. El escaso sol que se colaba por entre las persianas bajas resplandeció en la hoja de metal segundos antes de que se hundiera en el vientre desnudo de Papá, dibujándole en el rostro una mueca de dolor y desconcierto. Con una visible confusión quiso bajarse de la cama mientras ambas manos aferraban el abdomen teñido de sangre. Al incorporarse sus pies se enredaron entre sábanas, pantalones, acolchados y zapatos. Elisa observaba la escena sentada sobre la cama con gesto impasible. Su padre daba tumbos por la habitación y emitía sonidos incoherentes. Cuando finalmente logró abrir la puerta, arrastrando tras de sí todo el enredo de ropas, se precipitó escaleras abajo sin siquiera poder articular un sólo grito. La niña se asomó desde las alturas y su sombra se proyectó sobre el grotesco ser que yacía al pie del primer escalón en una posición imposible. (Basta). Ahora Papá entendía lo que esa palabra significaba. Sentada en el suelo junto a la cama, la pequeña abrió una vez más la cajita musical. No sabía cuánto tiempo había pasado, sólo que había escuchado Para Elisa millares de veces sin cansarse. Ya no lloraba. En el umbral de la puerta la Abuela la observó con su sonrisa postiza. Desde la nebulosa en que se hallaba inmersa Elisa pensó que quizás fuese la dentadura lo que la obligara a sonreír siempre, puesto que sus ojos reflejaban un triste alivio. La anciana se acercó despacio y la abrazó sin decir una palabra.
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